Para Yeli, por cómplice de risas.
Desde una alejada banca de madera,
Yelitza y yo, fuimos un par de floreros de iglesia.
Los rosarios de los jueves,
y las plegarias en nombre del padre y del hijo
se hicieron hábito de voces
penitencia de nuestra corta edad.
Afuera del atrio de San Francisco,
supimos de pronto,
del día en el que el arroz nos bañaría de gloria
entendimos bien que la llaga divina en su costado
se nos haría en el corazón.
Llegaría pronto ese día
en el que una mujer reza un padre nuestro y cierra los ojos
seríamos abnegadas mujeres,
fieles esposas,
infelices amantes,
que duermen siempre en la cama del mismo marido.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada