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lunes, 1 de septiembre de 2014
lunes, 4 de agosto de 2014
Las posibles cartografías
A continuación dejo una reseña que mi querido Sergio D. Lara hace sobre Cartografía del tren
Las posibles cartografías
Sergio D. Lara*
En
Cuautla, en el Estado de Morelos, se encuentra la Antigua Estación del Tren, en
donde uno puede conocer y ver en acción a la más antigua máquina de vapor aún
en funcionamiento. Ese espacio puntual, así como el viaje de 15 minutos que uno
puede dar, son los últimos vestigios de una de las estaciones de lo que se
conoce como el Ferrocarril Interoceánico. Esos son también mis únicos
referentes y los vehículos por los que puedo, de alguna manera, conectarme con
un pasado que me parece remoto y que, sin embargo, me lleva a preguntarme sobre
las cosas que eran y han dejado de ser. Fuera de las posibles respuestas que yo
pueda dar a esa pregunta absolutamente personal (y, como todas las preguntas
personales, absolutamente cursi), creo que en el libro de Yelitza Ruiz está
presente, de manera profunda, el conflicto que genera el paso del tiempo. Pero,
al mismo tiempo, veo una segunda posibilidad de lectura que se aleja del
terreno de lo histórico para hundir sus raíces en el vasto océano de lo
amoroso. Me explico: creo que hay dos posibles lecturas del texto, dos vías de
significación. La primera es la de una ciudad y su relación con el paso del
tiempo: el pasado cuyo eje simbólico es el tren (y sus representaciones en el
imaginario colectivo) se ve irremediablemente suplantado por un presente cuya
bandera es el progreso y la modernidad, y cuyos símbolos serán primero el
automóvil y después el avión. La segunda de estas posibilidades es la del
cuerpo, territorio del amor y de la experiencia sexual (o sensual), como una
forma de ciudad que hay que conocer y habitar y que, de alguna manera, también
se ocupa de ese pasado que lo conforma. Ahí, el tren es una metáfora en
constante resignificación, hasta convertirse en sujeto de un aprendizaje:
Algo deberías aprender del tren:
su hábito viajero
o la fidelidad que tiene a la estación. (33)
Con
esto en mente veo una clara división en el poemario. La primera sección
“Antigua estación”, en cuya adjetivación podemos ver ya la presencia del
tiempo, y la última “Trenes para habitar una ciudad”, forman una especie de
conjunto cuyo eje temático va a ser el conflicto entre el pasado (la memoria) y
el futuro (el presente es, por supuesto, el lugar de la enunciación, donde el
problema se manifiesta). Ya desde un inicio Yelitza nos advierte que “[l]as
estaciones están en peligro” (15), y en esa advertencia encierra otra de igual
rotundidad: nuestra memoria está en peligro y ese tren (también en peligro) es
el lugar en donde viajan nuestros recuerdos (parafraseando otro verso del libro).
Y es que los recuerdos (y, por lo tanto, lo inminente del olvido) forman la
médula del poemario. Al igual que los habitantes de la ciudad parecen irse
desprendiendo de su pasado en un viaje frenético hacia algo que suele llamarse
el progreso, la memoria se va alejando de sus raíces. Bien lo dice la autora:
“el pasado es un milagro que no vuelve” (45). Lo que salva, por supuesto, esa
frágil memoria es el contacto íntimo entre el mundo (sus objetos, sus lugares,
sus personas) y nuestra propia historia. El poema siete de “Tres para habitar
la ciudad” es una muestra de eso:
En el patio de la estación
mi padre enterró mi ombligo al nacer (…)
no sé con qué propósito:
(…) Siempre que abordo un tren
mi ánimo viaja lejos,
pero vuelvo a descender aquí,
para mirar la fosa de mi germen. (51)
Los
recuerdos hacen que la ciudad exista. Nuestros vínculos con el mundo nos
comunican y nos salvan del olvido. En el acto ritual de enterrar el ombligo en
el patio de la estación se cifra el misterio del tiempo: dejamos fragmento de
nosotros que nos hacen pertenecer. Y si bien el discurso localista (o
nacionalista) no es algo que me interese (y a la autora tampoco, o por lo menos
no lo muestran los poemas) lo que sí interesa es la idea de pertenencia en el
tiempo. Por eso me parece un gran acierto el poema final del libro que de
alguna manera retoma todo lo que se ha ido esbozando para reconfortarse en la
existencia de los trenes (“Sin los trenes estaríamos entumidos, ligados a una
muerte descalza”), porque de alguna manera su existencia nos permite salir
(viajar) y, sobre todo, nos permite volver. Así, de la misma manera en que el
ferrocarril que hay en mi estado (esa antiquísima máquina de vapor) me permite
intuir un pasado que es y no es el mío, el tren que habita estos poemas es
también una forma de comunión.
En
la sección central del libro podemos presenciar el paso último de esa comunión:
la autora abandona (no completamente) el conflicto del progreso para
enfrentarse a otra clase de memoria: la del cuerpo. En los quince poemas que
conforman “Cartografía del tren” la ciudad y los trenes se vuelven un pretexto
para hablar de otra cosa, por eso la ciudad aparece personificada (por ejemplo,
en el poema tres, donde se le atribuye un rostro que palidece). Así, el yo
poético es capaz de desplegar un mapa y tratar de encontrar el cuerpo del
amado, o afirmar que “la ciudad somos nosotros”. Pero habría que matizar algo:
si bien ciudad y cuerpo están estrechamente ligados en esta sección, hay una
diferencia radical que, me parece, es uno de los aciertos del poemario:
Mientras que “[l]a ciudad no tiene recuerdo de los habitantes” (35), y en ese
sentido es indiferente al paso del tiempo, el yo poético posee “una memoria
recia” (29) y por eso puede rescatar las cosas del olvido. La respuesta que yo
creo entrever en este libro está no tanto en el reconocimiento de las huellas
del pasado (como se intuye en el poema doce) sino en los misterios del amor y
del deseo. Por eso, ante el descubrimiento que se enuncia en el poema antes
citado (“[l]a ciudad no tiene recuerdo de los habitantes”), el yo poético
presenta la fecundidad de su vientre (“ahí”, dice, “donde guarece lo que
somos”), casi como una ofrenda. El nuevo conflicto se presenta: ahora la
búsqueda no es la del tiempo, sino la de la permanencia de lo amado.
*Sergio D. Lara (Ciudad de México, 1992) es poeta y editor. Egresado de Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En 2013 su poemario Las máscaras resultó ganador del Premio Nacional de Poesía Joven “Josué Mirlo”. Beneficiario del PECDA Morelos en 2011. Es fundador y director de Ediciones Simiente. Ha publicado el poemario Ciudades bajo la lluvia (ritual para conjurarte) (EdicioneZetina, 2011) y Génesis (Apuntes para una teoría sobre la imagen y el sonido) (ICM, 2013), este último ganador de la Convocatoria para Publicación de Obra Inédita del Instituto de Cultura de Morelos. Ha participado en diversos encuentros nacionales e internacionales. En 2013 participó en el curso de Jóvenes Creadores impartido por la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Veracruzana, en Xalapa. Muestras de su trabajo aparecen en la antología Cruce de peatones. Estaciones presentidas (Proyecto Diorama, 2012), así como en distintas revistas y periódicos.
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lunes, 28 de julio de 2014
Cartografía del tren en la Enciclopedia de la Literatura en México
Me encontré a Cartografía del tren (Praxis-SECUG 2013) en la Enciclopedia de la Literatura en México, acá les dejo el link:
Enciclopedia de la Literatura en México
Enciclopedia de la Literatura en México
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viernes, 25 de julio de 2014
Acapulco Barco de libros estrena su canal de videos en You Tube
Me da gusto informarles que el #AcapulcoBarcodeLibros ya tiene su canal de videos en You Tube consulten el link y visiten todos los videos referentes a la promoción del Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores #AcapulcoBarcodeLibros y la difusión de sus participantes
Acapulco Barco de Libros
Acapulco Barco de Libros
jueves, 24 de julio de 2014
Reseña para Ex-Libris sobre Cartografía del tren
El pasado viernes mi querida Matza Maranto hizo una reseña sobre Cartografía del tren ed. Práxis-SECUG para la sección Ex-Libris de Radio y Televisión Chiapas, acá dejó el link de la cápsula :3
https://www.youtube.com/watch?v=ju8atfVNUFw
https://www.youtube.com/watch?v=ju8atfVNUFw
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lunes, 30 de junio de 2014
Feliz cumpleaños José Emilio Pacheco
La mayoría de edad
no se alcanza por fecha de nacimiento
ni consta en los archivos oficiales.
Nos graduamos de adultos nada más
cuando alguien nos deja.
En plena juventud llega de pronto
el sabor de la muerte.
no se alcanza por fecha de nacimiento
ni consta en los archivos oficiales.
Nos graduamos de adultos nada más
cuando alguien nos deja.
En plena juventud llega de pronto
el sabor de la muerte.
miércoles, 18 de junio de 2014
Feliz Cumpleaños número 100 Efraín Huerta
Avenida Juárez
|
Uno
pierde los días, la fuerza y el amor a la patria,
el cálido amor a la mujer cálidamente amada, la voluntad de vivir, el sueño y el derecho a la ternura; uno va por ahí, antorcha, paz, luminoso deseo, deseos ocultos, lleno de locura y descubrimientos, y uno no sabe nada, porque está dicho que uno no debe saber nada, como si las palabras fuesen los pasos muertos del hambre o el golpear en el oído de la espesa ola del vicio o el brillo funeral de los fríos mármoles o la desnudez angustiosa del árbol o la inquietud sedosa del agua... Hay en el aire un río de cristales y llamas, un mar de voces huecas, un gemir de barbarie, cosas y pensamientos que hieren; hay el breve rumor del alba y el grito de agonía de una noche, otra noche, todas las noches del mundo en el crispante vaho de las bocas amargas. Se camina como entre cipreses, bajo la larga sombra del miedo, siempre al pie de la muerte. Y uno no sabe nada, porque está dicho que uno debe callar y no saber nada, porque todo lo que se dice parecen órdenes, ruegos, perdones, súplicas, consignas. Uno debe ignorar la mirada de compasión, caminar por esa selva con el paso del hombre dueño apenas del cielo que lo ampara, hablando el español con un temor de siglos, triste bajo la ráfaga azul de los ojos ajenos, enano ante las tribus espigadas, vencido por el pavor del día y la miseria de la noche, la hipocresía de todas las almas y, si acaso, salvado por el ángel perverso del poema y sus alas. Marchar hacia la condenación y el martirio, atravesado por las espinas de la patria perdida, ahogado por el sordo rumor de los hoteles donde todo se pudre entre mares de whisky y de ginebra. Marchar hacia ninguna parte, olvidado del mundo, ciego al mármol de Juárez y su laurel escarnecido por los pequeños y los grandes canallas; perseguido por las tibias azaleas de Alabama, las calientes magnolias de Mississippi, las rosas salvajes de las praderas y los políticos pelícanos de Louisiana, lascastas violetas de Illinois, las bluebonnets de Texas... y los millones de Biblias como millones de palomas muertas. Uno mira los árboles y la luz, y sueña con la pureza de las cosas amadas y la intocable bondad de las calles antiguas, con las risas antiguas y el relámpago dorado de la piel amorosamente dorada por un sol amorosos. Saluda a los amigos, y los amigos parecen la sombra de los amigos, la sombra de la rosa y el geranio, la desangrada sombra del laurel enlutado. ¿Qué país, qué territorio vive uno? ¿Dónde la magia del silencio, el llanto del silencio en que todo se ama? (¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?) Uno se lo pregunta y uno mismo se aleja de la misma pregunta como de un clavo ardiendo. Porque todo parece que arde y todo es un montón de frías cenizas, un hervidero de perfumados gusanos en el andar sin danza de las jóvenes, un sollozar por su destino en el rostro apagado de los jóvenes, y un juego con la tumba en los ojos manchados del anciano. Todo parece arder, como una fortaleza tomada a sangre y fuego. Huele el corazón del paisaje, el aire huele a pensamientos muertos, los poetas tienen el seco olor de las estatuas —y todo arde lentamente como en un ancho cementerio. Todo parece morir, agonizar, todo parece polvo mil veces pisado. La patria es polvo y carne viva, la patria debe ser, y no es, la patria se la arrancan a uno del corazón y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad. Entonces uno tiene que huir ante el acoso de los búfalos que todo lo derrumban, ante la furia imperial del becerro de oro que todo lo ha comprado —la pequeña república, el pequeño tirano, los ríos, la energía eléctrica y los bancos—, y es inútil invocar el nombre de Lincoln y es por demás volver los ojos a Juárez, porque a los dos los ha decapitado el hacha y no hay respeto para ninguna paz, para ningún amor. No se tiene respeto ni para el aire que se respira ni para la mujer que se ama tan dulcemente, ni siquiera para el poema que se escribe. Pues no hay piedad para la patria, que es polvo de oro y carne enriquecida por la sangre sagrada del martirio. Pues todo parece perdido, hermanos, mientras amargamente, triunfalmente, por la Avenida Juárez de la ciudad de México —perdón, Mexico City— las tribus espigadas, la barbarie en persona, los turistas adoradores de "Lo que el viento se llevó", las millonarias neuróticas cien veces divorciadas, los gangsters y Miss Texas, pisotean la belleza, envilecen el arte, se tragan la Oración de Gettysburg y los poemas de Walt Whitman, el pasaporte de Paul Robeson y las películas de Charles Chaplin, y lo dejan a uno tirado a media calle con los oídos despedazados y una arrugado postal de Chapultepec entre los dedos. |
viernes, 9 de agosto de 2013
martes, 16 de julio de 2013
Juegos y rondas
Nunca quise ser la Maga, a los trece años París quedaba muy lejos, después entendí que con los años la distancia se acorta. En el 2013 Rayuela, la novela de Julio Cortázar cumple 50 años desde su primera publicación el 28 de junio de 1963, considerada la novela más representativa del Boom latinoamericano. A diferencia de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, Cortázar apostó por otra forma de contar la historia, distinta a la lineal; es quizá este detalle el que haya detonado la permanencia en el gusto de la gente. El inicio de la novela es ya de por sí sugerente:
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.
Rayuela no puede entenderse sin toda la carga de referencias culturales que describe la historia, para esto se auxilia del famoso club de la serpiente donde los diálogos fluyen con una carga de datos y un sonido musical que le otorga una característica entrañable a la novela. La aparición del jazz y la narración de los sucesos a través de la música es otro acierto del autor, pues los lectores se encuentran familiarizados no sólo con la historia sino con el fondo musical de la misma. Al final somos sonido, orquesta. La Maga y Horacio Oliveira el binomio romántico, el cliché que varias generaciones han querido repetir, aún cuando la novela no es sólo el capitulo siete. Sin embargo nos toca a los lectores darle la justa dimensión a la importancia del personaje, a la carga emocional que ya poseen en el imaginario colectivo.
Los pasajes de la novela crean ese lazo afectivo, frases recurrentes, citadas en varias ocasiones de memoria porque significan algo en el recuerdo personal: “Pero el amor, esa palabra” una de las más entrañables. Bruno Piché menciona en una entrevista acerca de los cincuenta años de Rayuela que a decir de Enrique Vila-Matas, Rayuela había sido el inicio del boom latinoamericano debido a que a partir de ella los lectores habían decidido prestar atención a lo que se hacía en latinoamérica y que si el inicio del boom era Rayuela, el carpetazo del boom eran los detectives salvajes la novela de Roberto Bolaño.
Rayuela permanece después de cincuenta años porque para muchos significa parte de nuestra educación sentimental, de las primeras lecturas de adolescencia, de la una y mil posibilidades que tuvimos para leerla, de un libre albedrío que se tomó. Como lo dije en el inicio del texto, nunca quise ser La Maga, pero sí la descubrí a lado de Horacio Oliveira atravesando un río sin saber nadar. Escribo esta versión sin ánimos de reseña, lo hago desde los ojos del lector, desde el afecto por lo que fue, por la nostalgia juvenil; y ante eso ningún crítico literario en cincuenta años ha podido hacer nada. Queda aquí la oportunidad de leer o releer la novela y que descubra cada quien su camino al tirar la piedra: el cielo, el avión, la suerte, una Rayuela.
*Texto extraído del semanario "La Trinchera" Julio 2013
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viernes, 12 de julio de 2013
¿Cuántas sonrisas caben en un fin de semana?
¿Cuántas sonrisas caben en un fin de semana?
Hay días que aparecen para reunir a los amigos y para celebrar el bombeo del corazón, el pasado fin de semana sucedió. Amigos, mariachi, comida picante, lecturas, música, cantinas mexicanas, libros, reencuentros, lluvias, paraguas, chocolate caliente, cup cakes, otra vez amigos, cerveza oscura de barril, tacos, focaccia, botas, baile, de nuevo amigos, listones en el cabello, cosas cercanas al amor, en ese orden.
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viernes, 7 de junio de 2013
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